En la teoría marxista el lumpemproletariado es el sector social más bajo entre aquellos que no poseen medios de producción. En su mayoría, está compuesto por individuos marginales que ni poseen fuerza de trabajo ni aportan a la sociedad; tampoco tienen conciencia de clase, por lo que pueden terminar apoyando a la burguesía a cambio de una política de beneficencia. Tanto Carlos Marx como Federico Engels consideran a este subproletariado un elemento indeseable y peligroso. El comunismo auténtico no tolera el parasitismo ni la anuencia con el crimen como modo de vida; no acepta que ninguna clase social viva a costa del esfuerzo de otra.
Desde finales del siglo XX, la izquierda, ante su debilitamiento y la cíclica pérdida de votantes de la clase obrera orientados hacia la derecha, optó por una arriesgada maniobra política consistente en hacer un llamamiento al improductivo y desclasado lumpen para engrosar sus filas y recuperar apoyo en las urnas. Sin evaluar el notable incremento del gasto público, la progresía determina imponer una sociedad de beneficencia para recompensar a sus nuevos socios, a quienes también otorga un ventajoso estatus mediante un irresponsable programa de empoderamiento. Con ello perjudica los intereses de los trabajadores que deben costear con sus impuestos la nueva política social y que también sufrirán los efectos de una dictadura implantada por esta caterva facinerosa.
Los líderes de la izquierda se convierten así en la nueva aristocracia y burguesía al obtener los codiciados puestos representativos en el parlamento o en el gobierno amparados por los votos ofrecidos desde sus redes clientelares financiadas casi siempre con los fondos públicos que ellos gestionan, sumando un auténtico entramado de entidades públicas y privadas, así como organizaciones no gubernamentales que sirven para aglutinar estos movimientos políticos y respaldarlos electoralmente. A corto y medio plazo, este apoyo del lumpemproletariado puede parecer rentable en términos políticos, pero a largo plazo el hecho de premiar la improductividad conducirá a una situación de disgenesia social y económica en tanto que refuerza la conducta nociva de estos individuos cuyo número no deja de crecer. El número de contribuyentes será decreciente e inversamente proporcional al de los beneficiarios no productivos. Fruto del empoderamiento adquirido, éstos tienden a aumentar su nivel de exigencias progresivamente, llegando a imponer una serie de demandas inasumibles mediante la coacción para lograr sus fines sin aportar nada a cambio, acomodados a esta ventajosa situación. Esto genera una espiral de gasto público y social que termina por ser insostenible para el Estado y las instituciones.

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