«Es un error grave mirar al pasado con los ojos del presente». (Arturo Pérez-Reverte)
Por desgracia a muchos les gustaría poder borrar la historia, a la que inútilmente consideran culpable, como sin con ello pudiera cambiarse. A la progresía no termina de caberle en la cabeza que el hecho de añorar tiempos pasados y la identificación con viejos valores no siempre implica, de manera ineludible, una concordancia con el resultado o la consecuencia de la aplicación efectiva de los principios que determinan acciones pretéritas. La legítima opción de aquellos que ven otros tiempos con cierta nostalgia no supone una conformidad —ni responsabilidad— con los peores hechos acontecidos en el pasado; simplemente echan de menos los aspectos positivos de antaño, sin anuencia con lo negativo, como pueden ser los actos reprobables.
La izquierda no cesa de proyectar en sus adversarios los mismos vicios y defectos que esta posee, ocultando sus más perversas intenciones: exterminar a la oposición para acabar imponiendo la ideología única, el pensamiento único, la educación única y el privilegio para sus afines políticos; así actúa el fascismo de izquierdas. Este plan siniestro requiere de una criminalización espuria previa de hasta el más mínimo vestigio de conservadurismo con la clara finalidad de conseguir el absoluto dominio político, social y económico.